"Aquí estoy yo, envíame a mi"

 

La alegría del envío, 40 años en Alemania

Año 1975. El P.Fidenciano González, siendo Superior Provincial de la entonces llamada Provincia de la Inmaculada Concepción, decidió enviar “obediencia” a un amigoniano miembro de la comunidad religiosa del colegio San José Artesano.

El nombre del Zagalillo es Lucinio, junior de quinto año de profesión temporal, estudiante de teología en la facultad de teología de la Universidad de Deusto y aprendiz-practicante de educador en el grupo de jóvenes del colegio “San José Artesano” de protección de menores.

Y todo esto sudedió así: El P. Jaime de Miguel Rojo pasaba por Curia Provincial y de vuelta ya en la comunidad, nos informa, entre otras, de una noticia que a mí personalmente me llamó mucho la atención y se me quedó bien grabada: “están buscando Religiosos para enviar a Alemania”. (“Y percibí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra?”: Is.6,8ª)

La noticia me persigue sin dejarme en paz; me inquieta, me preocupa. Me va gustando, pues me cae simpática y me es agradable. Creo que me encanta y me deja un tanto hechizado; me entusiasma y me quedo enganchado.

Tanto me fascina y me seduce que pronto, sin dejar pasar la ocasión y sin más pérdida de tiempo, me arriesgo y me atrevo a expresar mi deseo diciendo:
- "¡A mí, sí me gustaría ir!" (“Dije: Heme aquí, envíame.“ Is.: 6, 8b)
- "¿Estás seguro?", me pregunta sonriendo.
- "¡Sí,claro!", le respondo también sonriendo, a la vez que asiento encogiéndome de hombros y abriéndo desorbitadamente los párpados de mis ojos. Y siento como brota de mi corazón un sentimiento de alegría incontenible.

Estando ya a solas con él, y sabiendo que al día siguiente iba a pasar otra vez por Curia, le doy a entender que no se olvide de cumunicarles mi “ardiente” deseo y “total” disponibilidad de ir a Alemania.
-Así lo haré, me dijo. Me comenta además que, en pensamiento, ya tienen algún posible candidato y, me da a entender además, que yo todavía no entro “ni en pensamiento” a formar parte de la lista de los elegidos como posibles candidatos para el envío.
-Razón de más para que les hagas llegar mi deseo, añado yo. (“Me dejé buscar por los que no preguntaban por mí; me dejé hallar por los que no me buscaban. Dije: “Heme aquí”, Isaias 65,1).

Bien, pensé para mí, ahora la espera se me hará interminable. Cuando nos vimos al día siguiente después de regresar a casa, él, de Curia Provincial, y yo, de la Facultad de Teología, me dice sin comentario previo alguno: “Lucinio, ya puedes hacer la maleta, te vas a Alemania”. ( “y dijo: ve y, ...”, Is.6,9. ”Pero El me dijo: Ve, porque te voy a enviar lejos...”,Hechos: 22,21).

No sé cuales fueron mis comentarios al respecto, pero recuerdo todavía muy bien lo feliz que me sentí; lo alegre y contento que estaba. Tan feliz estaba, que esa noche no pude conciliar el sueño; así como suena, ¡no pude pegar ojo en toda la noche!

Sólo me quedó esperar confiada y tranquilamente unos cuantos día más hasta que el P. Provincial me envió la “obediencia”, fechada el día 13 de agosto de 1975, anunciando y confirmando mi envío a Alemania. Me sentí como se siente un niño con zapatos nuevos y recién estrenados, como aquel a quien le ha tocado el gordo de la lotería, o como aquel del Evangelio que encontró el tesoro escondido.

Con un apretón de puños, manteniendo la "obediencia“ en alto, gritando y con la sonrisa en los labios, expresaba mi alegría a la vez que daba gracias también a Dios. Mi euforia es tan grande y mi estado de ánimo tan optimista que acepto a ciegas y sin aclaración alguna; y tan grande es la alegría, que no hay espacio para dudas ni dificultades que pudieran hacer resistencia a mi envío. No sabía nada de nada ni de nadie y, tampoco lo que allá me esperaba, ni cómo todo allí me sucedería.

Apenas si sabía dónde estaba Alemania; tampoco una palabra alemana conocía. Eso sí, ánimo, ilusión y entusiasmo no me faltaba, y con confinza me disponía a dejar hogar, casa, famila, patria y todo lo que me pertenecía y me poseía. (“Sal de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré…”, Gn.12,1). Pues una cosa yo muy bien sabía, que fiándome del UNO, me acompaña y está siempre a mi lado AQUEL que me envía. Puesto que, sin su capacitación, espíritu, fuerza y energía, nada de nada yo podría. Ahora, anida ya en mi ser y está ya en mi mano, hacer de esta “gracia y don”, mi gran aventura de hermano, ... de zagal amigoniano.

A partir de esta fecha, me enteré que no iba sólo; el P. Juán María García me acompañaría, pues también él estaba destinado para Alemania y que haríamos el viaje juntos.

Así, con maleta en mano y la bolsa de los bocadillos para el viaje y de los chorizos, -que el P. Marino Soteras me 'enajenó´ nada más llegar-. Todo contento y alegre, repleto y desbordante de entusiasmo, cargado, además, de mucha ilusión y curiosidad, me disponía a iniciar una nueva etapa de mi vida en tierra germana, la de misionero en tierras alemanas, poniéndome “a disposición de las actividades apostólicas y comunitarias que allí se realizan o se le encomendaran”, como reza la “obediencia” recibida.

Pasaron unos días más y llegó el día tan esperado de la salida a Alemania. Fue el día 17 de septiembre de 1975, como puedo comprobar hoy todavía en mi primer pasaporte, pues en aquel tan lejano año había todavía controles en las fronteras; el primero fue en Irún.

Desde mi Comunidad “San José Artesano” de Lujua, el P. Jaime de Miguel nos llevó en coche a Juan María García y a mí hasta Irún, donde, después de despedirnos, también de otro religioso que tuvo la delicadeza y amabilidad de acompañarnos hasta la frontera -y que por cierto, no recuerdo quién fue-, tomamos el tren en Hendaya rumbo a Alemania.

Recuerdo que en Hendaya tuvimos que esperar unas horas; horas, que aprovechamos para ver la ciudad y una película francesa de la que no entendí ni palabra, pero sentí, sí, la urgente necesidad de empezar a aprender, entonces ya, el alemán. Pasamos la noche lo mejor que pudimos sentados en uno de los vagones con asientos de tablillas. Tras el transbordo realizado en París, nos acercamos en metro a la estación del norte. A la mañana siguiente llegamos a Bonn, por aquel entonces, capital de la Alemania Federal. Nadie nos esperaba en la estación.

Tomamos un Taxi que nos llevó al barrio de “Auf dem Hügel” (Bonn-Endenich), donde estaba ubicada la vivienda de la Comunidad. Tras pocos días de estar aquí, pasé definitivamente a mi comunidad de Immendorf. 40 años más tarde, todavía guardo el recuerdo del ENVÍO que, por cierto, llevo muy dentro de mí. (Lc.2,16).

El recuerdo meditativo de tanta alegría y felicidad, me ayuda a comprender el sentido, significado y repercusión que ha tenido y sigue teniendo todavía hoy en mi vida. Si en un momento parecía cifrar las ansias de alegría y felicidad en satisfacer el deseo tan material y simple como puede ser una salida al extranjero, o una aventura por el mundo, con el tiempo he ido descubriendo, que la alegría y auténtica felicidad del envío está no sólo en ser acompañante de viaje, sino participando de la vida de Jesús siendo como Él y colaborando en su proyecto de vida, actuando como Él, comprometiéndome con Él y como Él a entregarme sin reservas, en servicio amoroso al necesitado de ayuda, reconociendo que en el servicio a los demás está la plenitud de Jesús como ser humano y la mía propia. Esa alegría y felicidad experimentadas en aquel preciso momento del envío, me han ido acompañando a lo largo de vida como fuente de vida: humanizadora, discernidora, comprometedora y divinizadora.

Por Por Fr. Lucinio García

                                

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