50 años después

 Fotografía de la Primera Misa del padre Javier Martínez

En este año 2015 que llega a su fin, hemos celebrado las Bodas de Oro sacerdotales de cuatro religiosos de nuestra Provincia: P. José Oltra, P. José Mª López, P. Javier Martínez y P. Pedro Corella. Por ello, hemos querido recordar con ellos, 50 años después, cómo surgió su vocación sacerdotal, cómo fueron su ordenación y sus primeros años y que nos contaran cómo y dónde fueron sus primeros años como sacerdotes.

La vocación sacerdotal

“Desde que era niño tuve la ilusión de ser sacerdote, con lo cual mi vocación amigoniana fue siempre también vocación a la vida sacerdotal. Después, cuando terminé el primer año de prácticas pedagógicas en nuestro colegio de Hellín mis superiores me enviaron a la escuela de Trabajo San José de Medellín - Fuentidueño (Colombia) a trabajar con los adolescentes y jóvenes con problemas y sus familias, descubrí más intensamente lo que era la vocación de amigoniano”, nos explica el P. Oltra.

El P. José Mª López recuerda que su vocación fue “por contagio”, siguiendo los pasos de su hermano mayor. “En este tiempo, se iba a buscar vocaciones a los pueblos, hablaban con el maestro y venían a la escuela. Vino un agustino y mi hermano hablando con él decidió irse. Le prepararon todo y ya tenía el equipaje listo, pero en esas llegó un terciario capuchino, el P. Félix, que se hospedó en mi casa. Quería ir a Sotobañado y Priorato, que está como a 4 km. de mi pueblo y le acompañó mi hermano. Y cuando llegó de acompañarle, le dijo a mi padre que quería irse con este religioso y no con el otro. Así fue como entró mi hermano, que tendría unos 10 u 11 años”.

“Así que a mi, cuando me llegó la edad, pues vinieron a por mi. Fue el que entonces era el P. General y recuerdo que fue el segundo día de la fiesta de San Nicolás y después celebramos la fiesta de la Inmaculada. Fue en el año 48 cuando me fui a Pamplona al Seminario Seráfico”, concluye el P. José Mª.

“Yo tuve la ocasión de entrar en otras comunidades, pero mi madre habló con el párroco y el párroco hablo con el P. Félix Esnaola, y entonces ingresé en el Colegio Seminario Seráfico San Antonio de Padua en Pamplona. Y cuando llegó la hora de estudiar la teología, pues algunos pensaron que podía dar el paso de ordenarme sacerdote”, indica el P. Javier Martínez.

Por su parte, el P. Pedro Corella nos revela que su decisión de ordenarse sacerdote “estaba tomada al hacer la primera profesión y, definitivamente, al hacer la profesión perpetua, al final del primer curso de teología”.

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Fotografía de la Ordenación del P. Pedro Corella

Recordando el momento de la ordenación y la Primera Misa

El padre Pedro Corella se ordenó el 3 de abril de 1965 en la Iglesia de María Auxiliadora, junto a otros frailes capuchinos: 9 sacerdotes y 4 diáconos. “Aunque por parte de la Congregación era yo solo el ordenando, no me sentí solo ya que me acompañaron religiosos de las comunidades de Pamplona y Amurrio y una nutrida representación de mi familia”, rememora. “Llevo bien grabado el recuerdo de aquel 3 de abril, pletórico de emociones. El momento de mi ordenación sacerdotal llenó mi vida, pues aunque es verdad que la profesión religiosa había marcado mi horizonte, la ordenación señala plenitud en la propia vocación religiosa como sacerdote”, continúa el padre Pedro desde su comunidad del Colegio Fundación Caldeiro de Madrid.

“Tengo especial recuerdo de la Primera Misa en mi pueblo de Campillo de Dueñas (Guadalajara). Era el 21 de abril de ese 1965 y había expectación en el pueblo y volteo de campanas. Me acompañaron familiares venidos de puntos diversos, religiosos procedentes de las comunidades de Teruel, Caldeiro y Amurrio –donde yo estaba estudiando el último curso de teología-, sacerdotes del entorno y gran parte del pueblo”, cuenta el P. Corella.

El padre Javier Martínez nos explica que su ordenación sacerdotal fue “el 4 de agosto de 1965 en la parroquia de la Asunción de Torrent; y la Primera Misa la celebré, el 8 de agosto, en la Parroquia de Nuestra Señora de Monte-Sion de Torrent”, aunque en su caso volvió a celebrar otra Primera Misa en su pueblo natal de Arellano (Navarra) una semana después, en la fiesta de la Asunción.

En tierras colombianas se ordenó el P. José Oltra, “con 25 años recién cumplidos, un 2 de mayo en la casa de la Estrella (Medellín) con motivo del 75 aniversario de la Congregación, junto a otros tres religiosos amigonianos”. También en Medellín celebró su Primera Misa, el día 30 de mayo, en la casa de las Terciarias Capuchinas de Belén. Y guarda un especial recuerdo de su madrina, Merceditas, “una señora que trabajaba en Fuentidueño y se comportaba como una verdadera madre con todos los frailes, cuidándonos todos los días”.

El padre José Mª López explica, por su parte, que su ordenación fue “como la de todos los religiosos en aquellos tiempos, en una de aquellas ordenaciones numerosas que se hacían entonces”. Tuvo lugar en Madrid, un 3 de abril. “Tenía que haber sido tras terminar los estudios de teología en Amurrio pero por diversos problemas estuve un año sin ordenar después de terminar la teología. Y mi ordenación como diácono fue como un mes antes, algo que estaba fuera del orden porque eran otros los tiempos establecidos, pero para aprovechar aquella ordenación del 3 de abril me dieron la dispensa”, indica desde su comunidad de la Ciudad de los Muchachos de Arteixo (La Coruña).

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Fotografía de la Ordenación del P. Pedro Corella

Y desde ese año 1965 hasta ahora….

“He estado trabajando en diversas tareas, algunas de ellas en nuestros seminarios, con los seráficos que entraban con 10 u 11 años. Aquí en España, en lo que entonces era seminario y que ahora es San Nicolás de Bari”, nos cuenta el P. José María.

“En Colombia estuve tres años, en el seminario menor de Medellín. Pero estando allí murió mi padre, viene para acá cuando me avisaron y luego ya no regresé. Después me fui a Argentina, donde estuve como ayudante del maestro de novicios otros tres años”, explica. “Y luego también en centros de menores, estuve en el centro de protección de menores que tuvimos en León, donde tuve que tratar con niños y adolescentes desde los 4 o 5 años y hasta los 16. Y luego aquí, en esta Ciudad de los Muchachos de Arteixo, donde he estado trabajando los últimos 10 años, también dedicado a la reeducación de menores”, continúa.

“Y terminado todo esto, pues ahora, estoy de jubilado. Mi tarea ahora es ayudar a atender cuatro parroquias que tenemos alrededor, una de ellas de religiosos capuchinos en La Coruña. Voy a ayudar a los párrocos en las misas según me van solicitando, ya que estoy disponible para eso, pues aquí no tengo ninguna otra tarea que me ocupe un horario concreto”, concluye.

Preguntado por alguna anécdota curiosa en estos 50 años como sacerdote, recuerda que cuando le pusieron las gafas, estando aún de seráfico, le dijeron que el ojo derecho no le trabajaba, pero no le dijeron nada más. “Así que luego el que me daba liturgia me decía que menos mal que fue el ojo derecho, porque si hubiera sido el izquierdo no me habría podido ordenar de sacerdote, porque a ese ojo le llaman el ojo del canon, porque el libro siempre lo tenías al lado izquierdo. Ahora ya lo tienes de frente, pero antes siempre lo tenías al lado izquierdo”, explica divertido.

“Mis primeros años como sacerdote los pasé en Amurrio, donde estuve dos años”, indica el P. Javier Martínez desde el Colegio P. Luis Amigó de Pamplona. “Allí mi misión era atender la casa, a los niños y confesar. En la época de Cuaresma podía estar confesando horas y horas en las en las aldeas cercanas, por lo que fueron tiempos de un alta carga sacerdotal también en Saracho y Larrimbe.

“También he participado varios años en las parroquias Nuestra Madre del Dolor de Madrid y Nuestra Señora de Monte-Sión de Torrent: misas, confesiones y distribuir la comunión a los enfermos en sus domicilios. Asimismo, he servido a las Terciarias Capuchinas como capellán durante 16 años, tanto en Cizur (Navarra), en la residencia que tienen para ancianas y enfermas - donde había unas 25 o 30 religiosas-, como en Rocafort (Valencia) donde había siete religiosas y donde también participaban personas cercanas en la misa diaria y sobre todo los domingos”, continúa el padre Javier.

“Siempre he tratado de vivir mi sacerdocio en positivo y he servido gustosamente cuando me lo han pedido. En concreto, el párroco de mi pueblo, Arellano, aún me llama frecuentemente y le celebro la Eucaristía en sus parroquias de Arellano y Dicastillo”, concluye.

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Fotografía de la Primera Misa del P. Javier Martínez

Por su parte, el P. Corella resalta que al principio “no sabes de dificultades, la misión te emociona y sientes una fuerza interior, fuente de felicidad y motor de las acciones educativas y pastorales. La vivencia de mi vocación sacerdotal fue intensa. Tenía alguna experiencia como religioso educador, tanto en Hellín como en Amurrio, pero el sacerdocio añade un algo que te da un valor añadido como educador y permite una relación como de paternidad espiritual”.

Recuerda que su primera misión fue Godella: “Ese mismo verano de 1965, los superiores me destinaron allí como jefe de estudios del Seminario San José. Llegué a Godella lleno de ilusión, estrenando mi sacerdocio con aspirantes a la Congregación, alguna capellanía de religiosas y la asistencia a nuestra parroquia. Todo ello en un clima amable, sencillo y, por mi parte, lleno de expectativas. Posteriormente, me destinaron los superiores a Pamplona, al nuevo colegio Luis Amigó, donde acudí con el cargo de superior de la comunidad y director del colegio-seminario”.

Recuerda que siendo profesor de EGB en Pamplona, le exigían para completar su currículo hacer un campamento de verano, así que lo hizo como pater. Era el campamento de la OJE y me ocurrió que a la misa del domingo acudían muchas familias, por lo que no me llegaban las formas para todos en el momento de la comunión. Hube de partirlas y padecer un poco hasta que llegó un monitor intendente del campamento que me dijo: -“No sufra más, que en la despensa quedan muchas hostias, ¿le traigo unas pocas?”.

El padre Oltra nos explica que sus primeros años como sacerdote fueron “los más preciosos, vistos ahora con distancia. Los de ahora se ven con más serenidad, pero es distinto a la grandísima ilusión con que viví esos primeros años”. Al principio, en Colombia, donde “fueron años muy ricos y bien aprovechados, los años de mi verdadera formación y donde descubrí mi vocación amigoniana. Después ya volví a España, al noviciado de Sierra- Tobarra (Albacete) y combinaba mi dedicación a los novicios como vice-maestro con el de vice-párroco de nuestras parroquias de Sierra y Cordovilla”.

Recordando esos años en las parroquias de Sierra y Cordobilla, reconoce que se encontró un terreno de primera misión: “En ese tiempo las personas iban a la iglesia principalmente cuando había un entierro y para las fiestas patronales. Fue entonces cuando les animamos a ir a misa los domingos, a través de la implicación de niños y jóvenes. Nos dimos cuenta de que eran muy importantes las catequesis, que había que darles vida. Me acuerdo que les mostrábamos diapositivas, filminas eran por aquel entonces. Así que luego venían las madres a preguntarme si ellas también podían ver las filminas y yo con risa las recibía a todas y así comenzó el interés por ir a misa”.

“También reformamos la iglesia obteniendo el dinero a través de rifas y hasta ganamos un concurso sobre la historia de España –con la ayuda de los jóvenes y de nuestros novicios- y como premio recibimos 25.000 pesetas con las que conseguimos un terreno para hacer la plaza del pueblo en Sierra, una biblioteca y comprar una máquina de cine para nuestro teleclub”, explica el vicario general de la Congregación.

Sobre su medio de transporte para ir de un pueblo a otro en esos años, nos cuenta como “antes, para tener una misa en Cordovilla, tenían que llevar y devolver al sacerdote en taxi. Así que decidí ir en bicicleta, y allí iba yo con mi hábito. Después pasé a la moto, y luego al seiscientos, que era un coche que soltaba polvo a chorro pues la carretera y los caminos estaban sin asfaltar”

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Fotografía de la Ordenación del P. José Oltra

Ser sacerdote amigoniano

“Estoy feliz porque es mi misión, una misión que por ser sacerdote, digamos que añade a la misión de la Congregación el ministerio de los sacramentos, aunque la tarea sigue siendo la misma: la continuación de la misión de Jesucristo”, incide el P. José Mª López.

“Hoy, aunque parece que la edad nos arrincona, creo que vivo la vida sacerdotal con tanta o más dedicación que en los primeros tiempos, aunque las circunstancias de ahora parezcan que nos impiden vivir el don recibido. Yo trato de dar a conocer entre los alumnos del Colegio la figura de Luis Amigó y le pido al Señor que me conceda saber corresponderle”, destaca el P. Javier Martínez.

“Creo que uno como religioso amigoniano mantiene la misma inquietud de unir lo social y lo humano - espiritual. La fe nos hace comprometernos con la vida real que tenemos, por lo tanto el sacerdocio es un añadido que nos da una luz especial para el servicio y dedicación en bien de los demás”, indica el P. José Oltra.

“La verdad es que la vocación al sacerdocio dentro de la vida religiosa le da una dimensión de mayor plenitud, que en modo alguno contradice la propia consagración religiosa, ni la separa del compromiso de su entrega, sencillez, cumplimiento de los votos, vivencia comunitaria y, en nuestro caso, proyección educativa”, subraya el P. Pedro Corella.

“Lo importante es que la persona consagrada esté llena del espíritu del Señor y viva su apostolado con gratitud y generosidad, dentro de la línea pedagógica y educativa de nuestra misión. Yo lo he vivido en mí mismo y estoy contento de mi vocación religiosa y sacerdotal dentro de la Congregación”, concluye.

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